Tras el festín de goles del primer asalto, la selección española Sub-23 se encontró en este segundo amistoso ante Portugal con un escenario radicalmente opuesto: un duelo de pizarras, de pocos espacios y de una resistencia lusa que rozó lo espartano.
El equipo de Jordi Gay saltó a la pista con la intención de mandar, y lo hizo a través de la posesión, pero se topó con una Portugal herida en su orgullo que decidió cerrar todos los caminos hacia su portería. Si en el encuentro anterior las españolas encontraban petróleo en cada transición, esta vez el partido se jugaba en un palmo de terreno. El balón circulaba de bota en bota española, pero la red de seguridad portuguesa impedía que ese dominio se tradujera en sustos reales para la guardameta visitante.
Fue una primera mitad de masticar arena, de buscar huecos donde no los había y de entender que, para ganar este segundo asalto, iba a hacer falta algo más que inercia: iba a hacer falta ritmo y corazón.
Tras el paso por vestuarios, la consigna de Jordi Gay caló en sus jugadoras. España subió una marcha. La intensidad en los duelos aumentó y las ocasiones empezaron a caer por su propio peso. Laura Torres tuvo el gol en sus zapatillas tras una contra eléctrica que terminó con el sonido metálico del poste, ese que suele anunciar que el gol está al caer. Poco después, Lydia avisaba con un reverso de puro talento en la banda.
El muro portugués, que parecía inexpugnable, empezó a agrietarse. La expulsión de Inés Couto dejó a las visitantes en inferioridad, y España, con el oficio de las grandes ocasiones, no perdonó. En una jugada de estrategia tras una falta, Rocío Molina cazó un rechace de la portera a su propio disparo para mandar el balón al fondo de las mallas. Fue un grito de liberación; el 1-0 hacía justicia a lo visto sobre el parqué.
El gol no volvió loco al partido. España prefirió seguir durmiendo el balón, consciente de que Portugal solo amenazaba de forma aislada, como en un cabezazo de Catarina Lopes que heló la sangre de la grada por un instante. A pesar de que las lusas se cargaron de faltas y el partido entró en una fase de tensión física, el marcador decidió no moverse más.
España cierra este doble compromiso con un balance impecable: capacidad de pegada en el primer día y capacidad de sufrimiento en el segundo. Una victoria trabajada que demuestra que esta generación Sub-23 sabe ganar de muchas formas, incluso cuando el gol se pone caro.
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